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Cómo Devin Booker encontró en el desierto algo más grande que el básquetbol: la historia detrás de Roden Crater

La estrella de los Suns encontró en la obra del artista James Turrell, una experiencia que transformó su forma de ver el juego.

Devin Booker
Devin Booker, estrella de Phoenix Suns, tiene gran conexión con el arte (FOTOGRAFÍA: Gentileza Instagram / @dbook)

En la NBA, donde el ruido es constante y la exigencia nunca se detiene, encontrar silencio puede ser una ventaja competitiva. Para Devin Booker, ese silencio no llegó en un gimnasio ni en una cancha vacía. Llegó en el medio del desierto de Arizona, dentro de un volcán apagado que funciona como una puerta a otra dimensión.

La historia, revelada por The New York Times en colaboración con The Athletic, conecta al jugador franquicia de Phoenix Suns con una de las obras artísticas más enigmáticas del mundo: Roden Crater, el proyecto de vida del artista James Turrell.

Un viaje fuera del mapa… y dentro de sí mismo

Todo empezó con un viaje que parece sacado de una película. Un desvío en una estación de servicio perdida cerca del Gran Cañón, un encuentro inesperado y una caravana hacia lo desconocido. Booker siguió el vehículo de Turrell durante más de 30 minutos por caminos de tierra hasta llegar a un punto que no se parece a nada dentro de la lógica del deporte profesional.

Ahí, en medio del Painted Desert, lo esperaba un volcán inactivo transformado en observatorio celestial. Roden Crater no es un museo. No es una instalación convencional. Es una experiencia diseñada para alterar la percepción del tiempo, del espacio y de uno mismo.

Booker lo describió como «un portal». Un lugar donde la mente se desacelera y la percepción se expande. Y en una liga donde todo ocurre a velocidad máxima, esa pausa puede ser revolucionaria.

El arte de ver el juego diferente

James Turrell es conocido como el «maestro de la luz». Su obra no busca iluminar objetos, sino revelar la luz en sí misma. Sus espacios están diseñados para que el espectador experimente cambios sensoriales profundos: colores que parecen respirar, cielos que se acercan, sonidos que no se ven pero se sienten.

Para Booker, esa experiencia tuvo un impacto directo en su manera de entender el básquetbol.

El escolta no solo es un anotador. Es un creador. Muchas veces comparado con Kobe Bryant a lo largo de su carrera, tiene una personalidad diferente. Distinto. Un jugador que controla el ritmo, que manipula los tiempos y que encuentra soluciones donde otros ven caos. Y esa capacidad, según su entorno, está profundamente conectada con su curiosidad fuera de la cancha.

Su actual entrenador, Jordan Ott, lo resumió de manera contundente: su mente se mueve a una velocidad distinta.

De la introspección al liderazgo

El primer viaje de Booker a Roden Crater fue en 2020. Poco después, lideró a los Suns hasta las Finales de la NBA en 2021. Luego vinieron temporadas de altibajos, cambios de rumbo en la franquicia y una reconstrucción que volvió a ponerlo en el centro del proyecto.

Hoy, con 29 años, Booker no solo es la cara de Phoenix: es su identidad. Y esa identidad tiene algo distinto. No es estridente. No busca validación externa. Es una construcción personal.

Autos clásicos, fotografía analógica, arte contemporáneo, viajes fuera del radar. Booker no sigue tendencias: las ignora. Y eso también se traduce en su juego.

El básquet como expresión artística

Hay una frase que resume todo: «Somos artistas al final del día, y esa es nuestra cancha».

Booker no entiende el básquetbol solo como competencia. Lo entiende como expresión. Como un espacio donde se prueba a sí mismo, donde experimenta, donde encuentra nuevas formas de resolver problemas.

Las visitas a Roden Crater no le enseñaron a tirar o a pasar mejor la pelota. Le enseñaron algo más profundo: a estar presente.

En un mundo dominado por la distracción, donde el «doomscrolling» es parte de la rutina diaria, pasar 40 minutos mirando el cielo en silencio se convierte en un acto radical.

Un refugio que no se puede replicar

Booker intentó llevar esa sensación a su vida cotidiana. Compró una obra de Turrell para su casa. Medita. Hace baños de hielo. Busca momentos de desconexión.

Pero nada se compara con el cráter.

«Solo ahí», dijo. Y esa frase explica por qué vuelve en cada temporada baja.

No es turismo. No es lujo. Es búsqueda.

El impacto invisible que define carreras

En la NBA, las mejoras suelen medirse en estadísticas: puntos, asistencias, eficiencia. Pero hay un desarrollo que no aparece en las planillas: la evolución mental.

Mientras otros buscan respuestas en sistemas o métricas, él las encuentra en el silencio del desierto.

La historia sigue abierta. Booker planea volver. Stephen Curry -otro obsesivo del detalle- ya mostró interés en visitar el lugar. La conexión entre arte y deporte sigue creciendo.

Porque al final, el mensaje de Turrell es simple: la percepción puede cambiarlo todo.

Y en una liga donde cada ventaja cuenta, aprender a ver diferente puede ser la más grande de todas.

 

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