Cuando Gregg Popovich fue nombrado gerente general de los San Antonio Spurs antes de la temporada 1994-95, la NBA se encontraba en un momento de transición. Michael Jordan había cambiado la pelota naranja por el guante de béisbol, Larry Bird se había movido a las oficinas de Boston y Magic Johnson quedaba en una suerte de limbo. El tridente que había definido la liga durante más de una década se desvanecía. Nadie imaginaba entonces que Popovich se convertiría en el arquitecto de una de las dinastías más admiradas del deporte profesional.
San Antonio tenía a David Robinson, uno de los internos más dominantes del momento, pero la franquicia no era sinónimo de éxito. De hecho, en sus primeras 27 temporadas, ni los antiguos Chaparrals ni los Spurs habían llegado a unas Finales NBA.
Popovich, entonces un “hombre de universidad”, apenas era conocido fuera del entorno de Larry Brown. Pasó por la Fuerza Aérea, dirigió en Pomona-Pitzer y fue asistente de Don Nelson en Golden State. Serio, inteligente, reservado. Nadie imaginaba el personaje que se gestaba en las sombras.
El nacimiento del “República de Pop”
En 1996, tras un arranque 3-15, Popovich tomó una decisión impensada: despidió al entrenador Bob Hill y se puso al frente del equipo. Las críticas no tardaron en llegar, pero Pop tenía una visión. Un año más tarde, tras una temporada marcada por las lesiones, los astros se alinearon: San Antonio ganó la lotería del draft y seleccionó a Tim Duncan. Fue el principio de una alianza histórica. Pop y Tim. Tim y Pop. Una dupla basada en el respeto, la humildad y la excelencia silenciosa.
Con Duncan, Robinson y Sean Elliott, los Spurs ganaron su primer título en 1999. Y luego vinieron cuatro más: 2003, 2005, 2007 y 2014. Popovich no solo forjó un equipo exitoso; construyó una cultura. Nada de shows, nada de ego. Defensa dura, juego colectivo y una apertura sin igual hacia el talento internacional.
Una torre de Babel ganadora
Los Spurs se convirtieron en la franquicia más internacional de la NBA. De Manu Ginóbili a Tony Parker, de Fabricio Oberto a Tiago Splitter. Pop hablaba ruso, serbio, y entendía el mundo como pocos entrenadores. No fue casualidad que seleccionaran jugadores de Argentina, Francia, Lituania, Brasil, Canadá y muchos otros países. San Antonio era un proyecto global, años antes de que la NBA lo fuera.
Popovich, el personaje
El Popovich entrenador es inseparable del Popovich persona. O enólogo, crítico político, y a veces, un gruñón entrañable. Su relación con los medios fue un vaivén entre la filosofía y el sarcasmo. Podía enviarte un vino carísimo con una nota burlona o ignorarte con la misma facilidad. Pero siempre fue coherente: odiaba hablar de sí mismo. Y eso, claro, lo hacía más interesante.
En 2016, con la llegada de Donald Trump, Popovich tomó la palabra sin filtros. Denunció el racismo, la xenofobia, y se alineó con Steve Kerr en un frente crítico dentro de la NBA. A los que lo asociaban con el militarismo, respondía con firmeza: “No es militarismo. Es disciplina.”
El futuro del “El Jefe”
Popovich anunció su retiro como entrenador en mayo de 2025, afectado por un ACV sufrido meses antes. Su sucesor en el banco es Mitch Johnson, pero la figura de Pop sigue vigente como presidente del equipo. En la conferencia de prensa donde se anunció el cambio, Tim Duncan y Manu Ginóbili le quitaron la campera para revelar una remera blanca con la leyenda: “EL JEFE”.
Una palabra que lo definió. Un legado que vivirá presente por siempre.