Marcus Smart se encuentra en un momento de reivindicación personal y deportiva. El experimentado base de los Lakers está demostrando que su carrera aún tiene mucho que ofrecer, y lo hace tras superar una de las lesiones más insólitas y peligrosas que puede sufrir un jugador profesional: una herida autoinfligida que casi le cuesta su mano derecha hace ocho años.
La historia tomó un nuevo capítulo el 10 de marzo, cuando los Lakers derrotaron a Minnesota Timberwolves por 120-106, saltando del quinto al tercer puesto en la Conferencia Oeste. Pero más allá del resultado colectivo, la actuación defensiva de Smart sobre Anthony Edwards brilló con luz propia. El escolta de 24 años, una de las estrellas emergentes de la liga, apenas anotó 14 puntos con un desastroso 2 de 15 en tiros de campo. Y lo más significativo: Edwards fue 0 de 5 en las 23 posesiones que Smart lo defendió directamente.
Para entender la magnitud de este rendimiento, hay que recordar que el mismo Edwards había torturado a los defensores de los Lakers en los playoffs de la temporada pasada, promediando 26.8 puntos en la barrida en cinco juegos que Minnesota le propinó a Los Angeles en primera ronda. Smart, ex Defensor del Año que se unió a los Lakers con un contrato de descuento meses después de esa eliminación, tenía una cuenta pendiente.
La noche que Marcus Smart casi pierde todo
Mientras Smart repasaba la línea de estadísticas de Edwards sentado frente a su casillero, sostenía la hoja con su mano derecha. Esa misma mano que estuvo a punto de perder en una noche de frustración descontrolada que pudo haberle costado su carrera entera.
Era el 23 de enero de 2018. Los Celtics, por entonces el primer equipo del Este, visitaban a los Lakers, undécimos en el Oeste. Smart ya llevaba 22 puntos cuando Kentavious Caldwell-Pope falló dos tiros libres con 5.7 segundos restantes; Boston estaba abajo por un punto. Smart capturó el rebote del segundo tiro errado y salió disparado hacia la otra cancha, llegando a la línea de tres puntos donde intentó el tiro del triunfo sobre la chicharra.
El balón pegó en el aro y salió. Los Celtics perdieron 108-107. Pero lo peor vendría después.
Esa noche, en el hotel, Smart no pudo sacarse de la cabeza el tiro fallado. La frustración lo consumió hasta que explotó, lanzando un puñetazo contra un marco de fotos en su habitación. Esta vez no falló: el vidrio se hizo añicos y un pedazo de cristal de 5 pulgadas se incrustó profundamente en su palma.
«Me llevaron de urgencia a la sala de emergencias y perdí mucha sangre», contó Smart a ESPN. «Me desmayé… Así de importante fue el tema».
Cuando recuperó la consciencia, después de recibir 20 puntos de sutura, Smart comprendió la gravedad real de lo que había sucedido. «El doctor me miró a los ojos y me dijo: ‘No sé cómo todavía tenés uso de tu mano derecha'», recordó el jugador.
De la irrelevancia al renacimiento en púrpura y oro
Que Smart esté frenando a estrellas de 24 años a sus 32 es toda una hazaña en sí misma. Pero cobra otra dimensión cuando se consideran las dos últimas temporadas que vivió antes de llegar a los Lakers: 20 partidos con unos Grizzlies de Memphis que ganaron apenas 27 juegos en 2023-2024, y 15 encuentros con unos Washington Wizards que terminaron con récord de 18 victorias la temporada pasada. Años perdidos en lo que podríamos llamar la Siberia del básquetbol.
Mientras Smart vagaba por la irrelevancia, sus ex compañeros de los Celtics conquistaban el título sin él. El contraste era doloroso y evidente.
Ahora, con 56 partidos disputados en su primera campaña angelina y liderando al equipo con un plus-minus de plus-209, Smart no solo está reconstruyendo su legado individual. Está convirtiéndose en el motor emocional de unos Lakers que han mostrado demasiadas inconsistencias en ambos lados de la cancha como para ser considerados contendientes serios, pero que tienen tiempo para cambiar esa narrativa.
«Estamos cansados de escuchar a la gente hablar mierda, básicamente», declaró Smart sin filtros a ESPN. «Yo sé que lo estoy. Y si sos competitivo, si tenés algo de competidor en vos, también vas a estar cansado de eso. Así que querés intentar demostrarles que están equivocados».
Esa mentalidad es la que Smart está transmitiendo al trío estelar de LeBron James, Luka Doncic y Austin Reaves, y al resto del plantel. Su mensaje es claro: si él puede cambiar la trayectoria de su carrera a esta altura, después de todo lo que pasó, después de casi perder su mano dominante por un acto de frustración descontrolada, ¿quién puede decir que los Lakers no pueden transformar los últimos dos meses de temporada?
La lógica de Smart es difícil de rebatir. Su historia personal funciona como ejemplo vivo de resiliencia, como prueba tangible de que las segundas oportunidades existen incluso cuando todo parece perdido. Para un equipo que necesita creer en sí mismo, tener en el vestuario a alguien que literalmente se recuperó de lo irrecuperable tiene un valor incalculable.
Los Lakers están terceros en el Oeste, una posición que pocos anticiparon al inicio de la temporada. La victoria sobre Minnesota no fue solo un triunfo más en el calendario: fue una declaración de principios, con Smart poniendo el cuerpo y la mente para neutralizar a uno de los jugadores que más daño les había hecho en el pasado reciente.
La pregunta ahora, como nos planteamos a diario en ba-ball.com, es si este nivel es sostenible. Si Smart puede mantener esta intensidad defensiva, si los Lakers pueden encontrar la consistencia que les ha faltado, si el liderazgo emocional del veterano base puede contagiar al resto del plantel en el momento crucial de la temporada.
Lo que es indiscutible es que Marcus Smart ya ganó su batalla más importante: la de sobrevivir a su propia frustración y regresar al nivel de élite. Ahora le toca demostrar que esa victoria personal puede convertirse en triunfo colectivo para unos Lakers que necesitan creer en los milagros tanto como Smart creyó en su recuperación aquella noche en el hospital, cuando un doctor le dijo que no debería poder usar su mano derecha.
Esa misma mano con la que ahora sostiene las esperanzas de toda una franquicia.